Mañana he quedado a comer con mi amiga. La guapa. La estupenda. La que yo llamo, con todo el cariño del mundo, la Divinísima. Esa mujer que parece que ha firmado un pacto con la genética y encima tiene el descaro de no disimularlo.
Le he propuesto ir a un vegetariano. Ya sabes, por eso de que he empezado el régimen. Otra vez. Ella me ha mirado como si le hubiera dicho que pensaba alimentarme de alpiste al avena caramelizado.